Los petromachos

Scritto il 18/04/2026
da Antonio Muñoz Molina

La estética del macho blindado en el interior de su coche ha agravado lo que ya era brutalidad masculina a secas.

El coche ha girado a su derecha para entrar en la calle lateral en el momento en el que mi perra y yo cruzamos por el paso de peatones. Mi perra tiene las patas cortas y los andares tranquilos, y ni a ella ni a mí nos apura la prisa en este momento en que la luz de la tarde se vuelve oblicua y dorada. La parada obligatoria no ha podido retrasar al conductor más de unos segundos. Pero él saca la cabeza y me grita algo que tardo en entender, ya que lo dice con el vozarrón de la furia automovilística en Madrid: “¡Vete al Retiro!”. No es mi primer encuentro y me temo que no será el último con un fenómeno que hasta ahora yo no sabía que tiene nombre, pero que de un modo u otro llevo padeciéndolo toda la vida. En uno de mis primeros recuerdos, voy por una calle de Úbeda de la mano de mi madre y ella me da un tirón y me aparta un lado en el momento en que uno de aquellos grandes coches negros de entonces dobla la esquina a toda velocidad. Mi madre se acordaba siempre de aquel susto que pudo habernos costado la vida a los dos. Aunque no se hubiera detenido, ella sabía quién era el conductor, ya que entonces había muy pocos coches: un médico muy conocido, con la sombría autoridad sacerdotal que los médicos tenían entonces. Muchos años después, conocí a un director teatral que me contó que era de Úbeda. Su apellido me trajo el recuerdo del automóvil agresivo, y le pregunté si por casualidad su padre había sido médico. El hombre debió de sentir algo de congoja retrospectiva al descubrir que, a causa de la pasión conductora de su padre, aquel encuentro pudo no haber sucedido.

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